Columna: Dejarse caer como parte del amor propio 

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Crecimos viendo cómo el mundo nos enseñaba que las mujeres poderosas eran esas capaces de todo, que no lloraban y que cumplían con todos los requisitos que la sociedad esperaba. Mi abuela fue una de ellas. Mamá de cuatro mujeres, daba comida a mi abuelo cada tarde-noche, además, era comerciante, vendía quesos y sagradamente abría su local con la esperanza de darle una vida mejor a mi mamá y tías.

Lo logró, sin duda, y aparte de ser todo lo que les cuento, ama y está presente en la vida de sus nietos constantemente. Nunca la vi caer, nunca la vi rendirse y yo pienso que mi mamá tampoco. Lo que ella fue, sin duda mi mamá lo repitió y con creces. Y a pesar de todos sus problemas con mi papá, se mantuvo estoica siempre.

¿Qué injusto no? Resistirse tanto para mantenernos a flote, creo que se volvió su cuarto trabajo, y digo cuarto porque primero estaba atender a mi papá, cuidar a sus hijas, ser profesora en un colegio y mantenerse firme, pero no por ella, sino por todos nosotros. Conforme fui creciendo, fui entendiendo las cosas que debió enfrentar mi mamá, y la presión que tenía de su otro gran ejemplo: mi abuela.

Creo que esa rabia mantuvo en mí la idea de resistirme a lo que se me presentó como normal y comencé a formar mis ideas sobre esto. Admito que muchas veces también fui como ellas, y ojo, que no digo que sea malo, digo que a ellas no se les enseñó otra cosa, ¿me entienden? Y poco a poco comencé a formar mi línea de vida, como yo quería y elegía vivir.

Mi decisión más sanadora fue dejarme caer, sí, dejarme caer; y no presionarme a intentarlo cuando no lo quería intentar. Me permitía estar en la mierda, y a veces esa mierda dolía, pero me reconfortaba saber que vivirlo también era parte de mí. Muchas veces escapamos de la idea de un mínimo de “sufrimiento” e intentamos evitarlo a toda costa. Pero esa presión no nos deja aprender lo que realmente esto trae consigo.

Creo que mis grandes aprendizajes y decisiones han sido desde dejarme caer. Porque estar bien abajo, simplemente no deja otra opción más que buscar en alguna parte, un rayo de luz. Y son esos rayos de luces, los que me dan fe para seguir intentando, seguir remando y querer volver a avanzar. Por tanto tiempo tuve miedo de sentirme en la mierda…pero mientras pasa, me doy cuenta que el error es no dejarme sentir en ella.

Creo que en esos momentos, conecto conmigo y remuevo todas las enseñanzas que alguna vez agarré. De alguna u otra manera, me siento vulnerable pero fuerte al mismo tiempo. Para mí, estar ahí y decidir volver a partir, me hace sentir valiente, aunque también admito que algunas veces cuesta más que en otras, y a veces simplemente parece imposible.

Y acá voy, cayendo de vez en cuando, lista para volver a vivir y sentir, sin miedo de caer mañana, sino que lista para aprender una vez más.

Carmen Castillo @carmentuitera

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